
Iba cada ocho días, visitaba su lugar favorito con los ojos cerrados, como si mirar fuera un insulto a la arquitectura del lugar; anhelaba con ansias los días de su viaje, los lunes o lo jueves... Ya no iba cada ocho días, viajaba cuantas veces podía, se lanzaba al vacio para poder llegar a su adorado precipicio; algunas veces afanaba el paso, otras tantas sucumbía en una lentitud arrítmica, pero siempre se escapaba el tiempo, con sus ojos cerrados nunca sabía si el sol había cambiado, y aun así seguía anhelando sus días de viaje, viaje húmedo o cálido, viaje corto o viaje largo, viaje lento o callado o perdido o empapado, viaje a ninguna parte.

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